Opinión

Oro o agua, la decisión que define el futuro de San Juan

En los países desarrollados, la discusión sobre minería hace tiempo dejó de ser ideológica. Es técnica. Es estratégica. Y, sobre todo, tiene una línea roja muy clara: cuando el agua está en riesgo, la minería no pasa.

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No se trata de romanticismo ambiental ni de posturas extremas. Se trata de seguridad nacional.

En Bristol Bay Alaska, uno de los ecosistemas hídricos más valiosos del mundo, el gobierno de Estados Unidos bloqueó un megaproyecto minero por el riesgo que representaba para sus ríos y su economía pesquera. En British Columbia, en Canadá, proyectos han sido detenidos o modificados durante años por posibles impactos en cuencas hidrográficas. En Australia, la protección de reservas de agua subterránea como el Great Artesian Basin ha condicionado severamente el desarrollo minero.

La regla es simple: sí a la minería, pero no a costa del agua.

Ahora bien, llevemos esa misma lógica a la República Dominicana.

En San Juan de la Maguana, se plantea la posibilidad de explotar oro en una zona que no es cualquier territorio. Es la cabecera de un sistema hídrico que alimenta infraestructuras críticas como la Presa de Sabaneta, la Presa de Sabana Yegua y la Presa de Montegrande. Estas presas no solo sostienen la agricultura del sur profundo; también garantizan agua para consumo humano, energía y estabilidad territorial.

Lo estamos hablando de un río cualquiera. Estamos hablando de una columna vertebral hídrica.

La minería de oro, por su propia naturaleza, implica riesgos. El uso de sustancias como cianuro o xantato, la generación de drenaje ácido y la posibilidad de filtraciones en presas de colas no son hipótesis remotas; son eventos documentados en múltiples países. Incluso bajo los más altos estándares tecnológicos, el riesgo nunca es cero.

Y aquí es donde la discusión debe elevarse.

¿Puede la República Dominicana, un país insular, altamente vulnerable al cambio climático y con déficits históricos en gestión del agua, darse el lujo de comprometer una de sus principales cuencas?

La respuesta, si se mira con rigor técnico y visión de Estado, es no.

Porque el agua no es un recurso más. Es salud pública, es producción agrícola, es estabilidad social y es futuro económico. El oro, en cambio, es finito, exportable y sustituible en la estructura productiva. El agua no.

Los países desarrollados no son “antimineros”. De hecho, muchos de ellos son grandes productores de oro. Pero han aprendido —a veces por errores costosos— que hay territorios donde la minería simplemente no debe ocurrir.

Ese es el estándar que debe guiar nuestras decisiones.

San Juan de la Maguana no necesita convertirse en un enclave extractivo de alto riesgo. Necesita consolidarse como un eje de producción agrícola sostenible, apoyado en la seguridad de sus recursos hídricos.

El debate no es entre desarrollo y atraso. Es entre dos modelos de desarrollo: uno de corto plazo, basado en la extracción intensiva; y otro de largo plazo, basado en la protección de los recursos que sostienen la vida y la economía.

La pregunta, al final, es sencilla pero decisiva:

¿Qué vale más para la República Dominicana: el oro que se extrae una vez o el agua que sostiene generaciones?

Por  HECTOR RODRIGUEZ PIMENTEL