Cultura

José Enrique García: entre ‘El fabulador’ y el misterio del origen de la palabra

José Enrique nos devuelve al punto inicial desde otra altura. La palabra funda mundos, pero también revela al ser humano que la pronuncia. La literatura aparece así como un puente entre el origen y la experiencia, entre lo creado y quien intenta comprenderlo, entre la voz individual y una dimensión que la supera.

Imagen promocional

Pocas cosas parecen tan sencillas como una palabra. La pronunciamos, la escribimos, la escuchamos desde la infancia con tal naturalidad que a veces olvidamos el misterio que encierra. Buena parte de las grandes tradiciones culturales la situaron desde muy temprano en el centro de la existencia: el Génesis abre con una palabra creadora; el Evangelio de Juan identifica el origen con el Verbo. Desde entonces, poetas, filósofos y narradores han vuelto una y otra vez sobre esa intuición: antes del relato, antes de la memoria y aun antes de la historia, existe la palabra.

José Enrique García coloca allí una de las claves de su universo poético.

“Solo
casi solo
apoyado en esta puerta
contemplo el mes de abril
y revivo
a medida que mi alma
se llena de mi infancia.
Mañana será viernes
quizás sábado;
cualquier día es justo
para mirar la palabra
y aquel que la pronuncia.”

El inicio de El fabulador entra por una escena de quietud: un hombre apoyado en una puerta, el mes de abril, la infancia que regresa, los días que parecen confundirse. Nada ocurre y, sin embargo, todo está en movimiento; la memoria despierta, el tiempo se desplaza y la palabra comienza a ocupar el lugar hacia el que el poema conducía desde su primera imagen. José Enrique no entra al poema por el estruendo, sino por una atención casi silenciosa.

Esa elección contiene una manera de entender la literatura. El poeta mira la palabra, pero también mira a quien la pronuncia. Ahí está una de las claves del libro. La palabra no aparece como materia aislada ni como simple instrumento de comunicación; pertenece a una voz, a una conciencia, a una vida concreta. Toda palabra verdadera carga con algo de quien la dice.

José Enrique García ha sido, ante todo, un escritor formado en la lectura profunda de la tradición. Para él, la literatura es literatura, y esa afirmación no supone indiferencia frente al mundo; significa que la obra debe ser juzgada desde su propia exigencia, desde su capacidad para tocar aquello que la experiencia común no siempre consigue formular. Su escritura se mueve con libertad entre la cultura clásica, la herencia cristiana, la filosofía, la poesía y la experiencia dominicana, como si todas esas corrientes formaran parte de una misma conversación sobre el hombre.

En su visión de la gran obra hay una dimensión que desborda al escritor. La creación nace del talento, del oficio y de la voluntad, pero algunos textos parecen guiados por una fuerza superior a quien los escribe; como si el autor, más que dueño absoluto de la obra, fuera también instrumento de algo que lo excede. Esa idea coloca su poesía dentro de una tradición espiritual donde escribir supone buscar, escuchar, recibir.

El fabulador resulta, por eso, un libro especialmente adecuado para cerrar este recorrido. Se trata de una poesía reunida, escrita entre 1977 y 2002, donde un autor mira su propio trayecto y lo organiza como una forma de permanencia. El primer libro incluido, Meditaciones alrededor de una sospecha, anuncia desde el título una disposición interior: la sospecha pone el pensamiento en marcha, abre el camino, obliga a mirar de nuevo aquello que parecía conocido.

El primer poema se titula “El día justo.” Esa elección también importa. La poesía no queda reservada para un día solemne, único, señalado de antemano por la historia. Cualquier día puede ser justo para mirar la palabra y a quien la pronuncia. El origen puede estar en una puerta, en abril, en la infancia que vuelve, en la voz que se detiene a escuchar lo que dice.

Ese gesto dialoga con el proyecto completo de XXV inicios para un cuarto de siglo. Empezamos con el Génesis, es decir, con la palabra como acto creador; luego atravesamos los grandes comienzos de la literatura occidental y moderna: Homero y el viaje, Dante y la selva, Cervantes y la invención de la novela, Kafka y la metamorfosis, Rulfo y la memoria de los muertos, Carpentier y las palabras que cruzan el mar, Roumain y la sed de una comunidad, Walcott y la épica de quienes habían quedado fuera de los grandes relatos.

Después de ese recorrido, José Enrique nos devuelve al punto inicial desde otra altura. La palabra funda mundos, pero también revela al ser humano que la pronuncia. La literatura aparece así como un puente entre el origen y la experiencia, entre lo creado y quien intenta comprenderlo, entre la voz individual y una dimensión que la supera.

Hay en esto una discreta lección para nuestro tiempo. Vivimos rodeados de palabras, pero no siempre las miramos; circulan de prisa, se repiten, se gastan, se vuelven ruido. José Enrique propone otra relación con ellas: detenerse, contemplarlas, reconocer que cada palabra puede contener una memoria, una herida, una fe, una pregunta. En su poesía, la palabra no adorna el mundo; intenta acercarse a su sentido.

El fabulador cierra este recorrido como una vuelta al origen. Después de veinticinco comienzos, la literatura nos devuelve a la pregunta primera: qué puede la palabra, qué revela de nosotros, qué permanece en ella cuando el tiempo ha hecho su trabajo. José Enrique García se apoya en una puerta, contempla abril, deja que la infancia regrese y nos recuerda que cualquier día puede ser justo para mirar la palabra y aquel que la pronuncia.